martes, junio 21, 2005

SUEÑOS DE FÚTBOL

Recién empezaba el clásico de la zona y el árbitro sentenciaba un Foul. Era un tiro libre de media distancia y lo patearía un encorvado flaco con apariencia de congrio colorado en medio de la fritanga. Fue cuando la pelota en movimiento tomó una calma inesperada. De pronto me sentí cegado por el sol y las nubes, mientras el balón rotaba en giros definidos y calmos, abriendo en mi una compuerta de pensamientos que inundaron todo a su paso. Rápidamente. Todo en un segundo, todo en un lapso indescriptible.

Goooool!!!!

Gritaron los pueblerinos, mientras el congrio humano, un hombre de unos 56 años corría levantando su brazo derecho y el dedo índice como un preciado trofeo. Fue gracioso ver como una decena de barrigas estiradas por la grasa parecían explotar ante la felicidad de la primera anotación. Me rasqué la cabeza y exhalé con furia como para hacerme el profesional que dominaba la situación, pero ni siquiera eso me salvó de las punzantes miradas y de las calvas meneándose en un gesto silencioso de reproche y cólera.

En ese instante no me importó y creo que en vez de cambiar mi actitud por tal absurda desconcentración, volví marcha atrás a esa sensación de cámara lenta para quedarme con la imagen del sudor desplomándose en la cancha de aserrín y en el gelatinoso movimiento de los abdómenes del equipo contrario, todo esto acompañado de una agradable sinfonía de Chopin, donde el piano, aumentaba su furia.

El lugar en donde me encontraba era una costa rural justo en el límite de la provincia del Maule y la del Ñuble. Allí, pescadores, obreros forestales y campesinos convivían diariamente entre el trueque y las bondades que da el mar, los chuicos de vino y la carne de buey viejo. Al menos eso alcanzaron a decirme antes de ponerme los guantes de arquero.

Ni siquiera había descargado mi equipaje cuando de un ala me llevaron a la cancha de la asociación de pescadores artesanales, faltaba una galleta para el clásico contra Forestal Arauco, de visita. Este era un sitio rodeado de pinos de medio metro, con arcos de maderas curvas por la humedad y una mezcla de polvo y aserrín como el mejor de los céspedes. Eran las tres y media de la tarde y me encontraba con una camiseta de fútbol impregnada de un fétido olor a axila ajeno.

Yo venía de Santiago. La capital. Y aquel jolgorio no sólo me pareció infantil, sino propio de una actitud provinciana. Tomé la pelota y la dejé en el centro, como en un acto reflejo de disculpas, al estilo Zamorano y agrandando el pecho como Superman Vargas.

Sonó el pito nuevamente y comencé a jugar en el puesto que me asignaron. A pesar de la experiencia vivida, los pensamientos volvieron a invadirme. Estaba jugando a la pelota con mi padre, un completo desconocido que había preñado a mi madre en el Santiago periférico en ocasión de un trabajo de temporada. Ese era yo, una cacha loca y fugáz, el producto de una calentura en el baño de una fábrica y de promesas que jamás se cumplieron.

A pesar de lo incómodo de este nuevo estado, era como una exquisita droga. Me dejaba llevar libremente si saber hasta donde y sin darle la importancia que merecía un clásico de tal envergadura. Entonces recordé el rajazo que significó ubicar al Conejo, como le gritaban en la cancha a mi padre.

A principios de noviembre y aprovechando que todos en casa se encontraban en la parroquia, rezando por el mes de María, decidí llamarlo. Recuerdo que colgué unas tres o cuatro veces antes de que me contestara. Dos voces trémulas y desconocidas balbucearon frases entrecortadas y absurdas, como en un dialecto emocional, en donde el silencio y los respiros entregaban mucho más contenido. Tartamudeante por los nervios y con tono provinciano y seco, mi padre habló para –finalmente- no volver a separarnos.

Goooool!

Gritaron nuevamente. Para ser completamente sincero, ni vi la gueá de pelota y tampoco me percaté cuando ya me habían cambiado. Aturdido, estaba sentado como un idiota fracasado en una banca de fierro pintada con óleo azul y franjitas amarillas, tipo Boca Juniors. En ese instante me sentí como el pequeño que era. El mimado de mamá, el hijo de un pescador de barba cana, dientes de conejo y curvas piernas de alicate.

Extrañamente, desde ahí, todo me parecía normal, ya no podía hilar nuevos pensamientos, ni emprender rumbo a mi interior. Desde la banca mis brillantes análisis de vida y recuerdos inesperados no tenían oportunidad de enrielarse como en la cancha.

En la población jugaba bien. No sabía que mierda me estaba pasando. Seguramente estaba nervioso, además que eso de ser arquero nunca me ha gustado. Me justificaba resongando. Entonces decidí entrar. Me transformé en el ayudante técnico. Gritaba, ordenaba el equipo con tanto énfasis que me gané la simpatía de las chiquillas del lugar. Fue una buena estrategia, convencí al entrenador que el volante lateral izquierdo, un huaso bruto de cachetes colorados curtidos por el sol, no estaba rindiendo.

Así fue como entre nuevamente. En los primeros toques me pasé al primero, al segundo, di un pase, recibí por el borde izquierdo, me pasé al congrio y encajé el balón donde se crían las arañas.

Goooool!

Sí. ¡¡¡¡Gol conchetumadre !!! Lo grité desde el fondo de mi alma. El señor arquero quedó parado mirando la pelota, y me dedicaba un concierto de garabatos, al reclamar que estaba adelantado. Yo estaba en un loco frenesí y buscaba a mis compañeros para abrazarlos y festejar como si ese gol fuese el símbolo del reencuentro con mi familia perdida. 2 a 1 y me abracé con el Conejo.

Esperé para me lanzaran la pelota y hacer una gracia al público asistente, total metí el medio golazo. Dominé la pelota, una, dos, tres. La toqué de taco, hacia delante, con el muslo y cabecita. De reojo vi que un enano motudo, al que le decían el vampiro, venía directo hacia mi. Me imaginé en la Población Santa Laura. En la final con las Acacias, con todo la comuna presenciando a los elegidos que disputaban la final. Me imaginé como Salitas debutando por la U en el Nacional, haciendo una gracia a Los de Abajo, en medio de un clásico con Colo-Colo, luego de anotar.

El vampiro venía, y yo lo esperaba con toda la técnica de un profesional del fútbol contratado por un equipo grande de Europa, hasta que nuevamente el trance me devolvió a la gran nebulosa. Recordé cuando nos vimos por primera vez con mi padre y cuando por fin me invitó a pasar una temporada con su familia en el sur. Justo donde estaba ahora.

De un certero cachetazo, el vampiro, me quitó la pelota, avergonzándome en medio de un innecesario lujo. Me pasó con una bendita finta y las chiquillas que antes aplaudían, ahora abucheaban sin compasión mi cagazo futbolístico. No sé que fue lo que pasó, volví a la realidad. Corrí como un tigre a toda velocidad, sentí cada músculo de mi cuerpo, como se hinchaban las venas de mi cuello y la fea mueca que mi rostro le ofrecía a la concurrencia. Salté, volé y me arrastré enterrándome cada una de las astillas de celulosa hasta llegar, sin duda alguna, a la canilla del vampiro.

Lamentablemente, el mejor patadón de mi vida terminó en fractura expuesta de tibia y peroné. En ese momento lo único que se escuchó fue el brutal y definido estruendo de una madera seca partida por la mitad. Un agudo alarido en eco provocó que muchas señoras se desmayaran y que hasta los chanchos de un chiquero cercano dejaran de comer para ver quien había lanzado tal grito de dolor.

La media cagá. Encima se me encacharon 3 viejos y me paré en la hilacha. Para mi mala suerte, le mandé un mangazo al congrio por que lo vi más flaquito, pero el hueón zorro andaba con toda la familia. No se de adonde salieron tantos huasos juntos. Según me contó el conejo me mandé una doble cagá ya que al que le decían el vampiro, por que faltaban todos sus dientes menos los colmillos, era uno de los obreros más queridos de la zona. Si ha eso le sumamos que el congrio tenía más de 15 hijos, dio como resultado que desperté en la posta del pueblo.

Ni siquiera terminaba el primer tiempo, y por mi culpa el partido se había suspendido. Pero eso era lo de menos, mi intenso debut en sociedad se divulgó por todo el pueblo. Cuando por fin me dieron de alta recordé que estuve en medio de una batalla campal y que al instante de pegarle un combo perfecto al congrio dos bandos se enfrentaron como vikingos generando una polvareda parecida a una inmensa nube beige. Después supe que al vampiro se lo llevaron para Chanco y que mi padre debía ponerse con los gastos de la operación. Linda la gueá.

7 Comments:

At 8:37 p. m., Blogger Distemper said...

Guau, vaya historia, notable. Te pasaste para bruto, perdonando la expresión. Media escoba que dejaste. Mejor te hubieras quedado en la banca o haciendo el loco como arquero.
Cosas del fútbol, como diría JM.
Saludos.-

 
At 11:08 p. m., Blogger Kike said...

Buena historia. Me gustó el tema del pauteo que le da lo del Gol. Me acordè de un partido de fùtbol en el tabo y un amigo hueveando a uno de los del "equipo" local porque se tirò agua con una botella en la cabeza y le dijo que se parecìa a la mina de cachantùn. Fue una broma que pudo haber salido cara.

 
At 11:22 a. m., Blogger Emilio said...

Gracias por sus comentarios, y saludos para ambos.
Certeramente sé que es muy largo para un Blog -como diría Kike- pero no quise "dentrar a cortar", me dio lata.

 
At 3:10 p. m., Blogger Emilio said...

En todo caso debes contextualizar, lo de la mina de Cachantún es un spot muy, pero muy antiguo, y denota los años que han pasado bajo el puente. (Ja)

 
At 9:20 p. m., Blogger Sofia said...

Digno relato para una obra teatral...
Mi querido antes de empezar a las patadas relea el existencialismo es un humanismo de mi amigo Sartre...
Por lo demás... me cuesta leer si es largo... pero a verdad que lo disfruté mucho...
Beso!

 
At 9:26 a. m., Blogger Juan Pablo Tapia said...

Pero si yo siempre he dicho que por una o por otra el fútbol y el deporte e general es peligroso, por eso practico poker, trivium y TV Cable que son sanos y enriquecedores.
Ah!! me parece muuuy interesante cuando logras la fusión de dos historias paralelas para integrarlas: la intromisión del Padre es notable, la presentación y la posterior recuperación como personaje. Siga Siga Siga Siga Siga Siga Siga!!!

 
At 9:35 a. m., Blogger Mona said...

Buenas imágenes las de estas historia...Y si de historias de fùtbol se trata, inevitablemente recuerdo aquella donde, en aquel viaje de placer clandestino, Ùrsula y Bixente asistieron al partido de la "U" con Everton, con el mar sonando a lo lejos.

 

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